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	<title>Marce nomalumbre&#039;</title>
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	<description>Exteriormente cumplir un rol; interiormente, no identificarse jamás.- G. GURDJIEFF</description>
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		<title>El Portador en Suple ADN, diario La Nación, 4-9-10.-</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Sep 2010 01:54:27 +0000</pubDate>
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EL PORTADOR en ADN, 
Diario la Nación 4-9-10





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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p>.  <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/Adn-Portador1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-845" title="Adn Portador" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/Adn-Portador1.jpg" alt="" width="980" height="1231" /></a></p>
<table border="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td>
<div>
<h2><a rel="bookmark" href="http://nuestrotaller.zoomblog.com/archivo/2010/09/04/el-Portador-en-Adn-Diario-la-Nacion.html">EL PORTADOR en ADN, </a></h2>
<h2>Diario la Nación 4-9-10</h2>
</div>
</td>
</tr>
</tbody>
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		<title>FERIA DEL LIBRO CAÑADA DE GÓMEZ.- ¡Hermosa Noticia! El Taller lleva Caravana de Poetas, Narradores y Músicos.-</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Sep 2010 14:56:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marce</dc:creator>
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		<description><![CDATA[.    La Feria se desarrolla los días Miércoles 29 de septiembre (presentación a la prensa y al público), Inauguración Institucional.
Jueves 30 de septiembre y Viernes  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p>.  <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/Feria.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-842" title="Feria" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/Feria.jpg" alt="" width="623" height="277" /></a>  La Feria se desarrolla los días Miércoles 29 de septiembre (presentación a la prensa y al público), Inauguración Institucional.</p>
<p>Jueves 30 de septiembre y Viernes 1º de octubre, comienzo de las actividades, presentación de libros, conferencias, lecturas y música en vivo al cierre. </p>
<p>Como ya les adelanté vamos armando la caravana, juntamos vehículos y además alguna Combi para las-los que tienen la pésima costumbre de tomar alcohol o fumar Colmenares&#8230;</p>
<p><strong>VISITEN LA WEB DE LA FERIA DE CAÑADA&#8230;</strong></p>
<p><a href="http://www.tragodeletras.com.ar/"><strong>http://www.tragodeletras.com.ar/</strong></a></p>
<p><em><strong>                                    MARCE</strong></em></p>
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		<title>CARLOS  SANTINI .-  Arrimando a los rusos.-</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 21:53:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[.   Alguien en el camino
       Alfredo siempre renegó del paso del tiempo, pero desde hace unos años reniega del tiempo materializado en las hojas de un  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>.  <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/bg01_19.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-828" title="bg01_19" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/bg01_19.jpg" alt="" width="456" height="342" /></a> Alguien en el camino</strong></p>
<p>       Alfredo siempre renegó del paso del tiempo, pero desde hace unos años reniega del tiempo materializado en las hojas de un almanaque de esos que, en vísperas de las fiestas, regalan las despensas de barrio. El de este año se lo dieron en una panadería donde compra cada tanto. Lo tiene colgado en la pared de la pieza que alquila, arriba del anafe percudido de hollín. La dueña de casa es una vieja alcohólica que vive en la planta alta con su perro, una especie de perdicero llamado Rabek. La única diferencia entre ese lugar y una pensión es que eso no es una pensión. Cada pieza tiene baño propio y solo hay dos inquilinos aparte de Alfredo. <em>Buena gente,</em> dice él cuando alguien le pregunta por sus vecinos, <em>son pibes de afuera que vienen a estudiar.</em></p>
<p>       Alfredo deshoja el almanaque como un ritual según pasan los días. Hasta el 15 más o menos arranca las hojas ni bien se despierta, con el primer mate de la mañana, siguiendo con prolijidad la línea troquelada. Del 15 al 25 ya no tiene tanta paciencia y las arranca la noche previa antes de acostarse, como si con esa actitud pudiese apurar la llegada del día siguiente. Desde el 25 en adelante, hasta el día que cobra la jubilación, arranca las hojas de un tirón sin esperar siquiera a que llegue la noche, y en más de una ocasión arranca varias juntas. En ese período del mes se debate entre una de dos: pedir plata prestada a su hija o bien deambular por casas de amigos en busca de algo de comida. No pide mucho. Un plato, aunque sea una vez al día. Pero este mes viene mal. Tiene 31 días. Alfredo odia estos meses largos. Recién estamos a 20 y no tiene un centavo. Es que el invierno se prolonga y el cuerpo necesita un poco más de combustible. Incapaz de afrontar semejante decisión, arroja una moneda de un peso al aire y deja la cuestión librada al azar. Si sale cara, llamará a su hija, con lo que eso implica. Si sale ceca, visitará a algún amigo. La moneda, como si supiera la tarea que le fue encomendada, rebota en el piso de pinotea y rueda unos cuantos centímetros hasta detenerse y quedar apoyada de canto junto a la pata de la cama. Alfredo cree que ese final no es justo, por lo cual repite la maniobra, esta vez con una moneda de diez centavos. A una moneda más chica es difícil que le suceda lo mismo. Luego de una voltereta, la moneda pica, se filtra por una hendija en la madera y se pierde allí abajo, en el colchón de tierra sobre el que descansan los pilotes que soportan el piso.</p>
<p>       Alfredo se agacha con dificultad, agarra la moneda de un peso y a la otra la da por perdida. Se pone un saco de paño, la gorra y la bufanda suelta sobre el cuello. Decide visitar a Aurora, a quien no ve desde el mes pasado justo a esta fecha. Como no tiene para el colectivo, se llega de a pie hasta la calle de los floristas.</p>
<p>       –Buenos días –dice.</p>
<p>       –Sí…</p>
<p>       –Deme una rosa.</p>
<p>       –¿De qué color la quiere? –le pregunta el otro en un tono como si le fuese a vender una palangana.</p>
<p>       –Roja. Las rosas son siempre rojas –contesta con afectación.</p>
<p>       Se deshace de los últimos cinco pesos y con la flor en la mano envuelta en un celofán camina unas cuantas cuadras hasta la casa de Aurora. Las dos ventanas que dan a la calle tienen la persiana baja. Una es de la pieza de Aurora. Él conoce bien la casa. A esta hora del día ella y la persiana deberían estar levantadas. Aurora vive con su hija y su nieto de ocho años. La última vez que la visitó estaba con ellos. Ni la hija ni el nieto se mostraron muy complacientes con su visita en esa oportunidad. <em>La gente</em>, piensa, <em>no tiene fortaleza para aguantar la desesperación, el hambre, la soledad ajena.</em> <em>La ropa vieja y maloliente, la enfermedad al acecho, esas cosas joden. La miseria jode porque alguna vez puede ser la propia. </em>Toca el timbre vacilante y espera. No sale nadie. Toca de nuevo, ya impaciente. Mira para todos lados. Toca una vez más y al escuchar el sonido del timbre, una secreción de saliva le inunda la boca. Se relame pensando que adentro lo espera algún bizcochito de grasa o una medialuna, como esos perros que salivan en respuesta a un estímulo. Y cuando se está por ir, ve llegar a la hija de Aurora con los ojos hinchados. <em>Mamá falleció anoche</em>, le dice sin saludarlo. <em>Neumonía, fulminante. Vengo del cementerio</em>. Que cómo no le avisaron, dice él. <em>¿Pero… vos tenés teléfono?,</em> dice ella frunciendo el ceño.</p>
<p>       Alfredo desanda su recorrido con la flor en la mano. La mañana tiene para él la textura de un sueño. La calle le parece más desolada y los árboles más grises. La rosa le parece menos roja. Y la panza se queja. Piensa si en el camino de vuelta no lo queda de paso la casa de algún amigo.</p>
<p>                                                                                        C.S.</p>
<p>                                                                                        Septiembre de 2010.</p>
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		<title>Curso de Italiano del NANO SAURO.-</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 18:10:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[.  
El lunes 13 de setiembre, en instalaciones de la Familia Abruzzesa, comienzo a dar un curso de italiano, desde el inicio, para adultos. El  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>.  <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/Nano1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-825" title="Nano" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/Nano1.jpg" alt="" width="234" height="380" /></a></strong></p>
<p><strong>El lunes 13 de setiembre, en instalaciones de la Familia Abruzzesa, comienzo a dar un curso de italiano, desde el inicio, para adultos. El que quiera empezar, está invitado por la Familia Gangitana. Es lunes y miércoles de 19 a 20.30hs. No vamos a complicar la cosa con gramática, ni cosas raras, y vamos a hablar desdse la segunda clase! Avisenmé si empiezan&#8230; Avisen a sus amistades interesadas. Oportunidad única! Da el Nano!</strong></p>
<p><strong>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</strong></p>
<p><strong>fui alumno de italiano del NANO y doy fe de que es un excelente profe, ameno, práctico y muy claro.  </strong></p>
<p><strong>Ci vediamo, caríssimi&#8230;   Marcello</strong></p>
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		<title>FOGWILL.-  Vivir Afuera, p. 7-11.-</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 16:01:16 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[.   VIVIR  AFUERA .-  Ed.  El Ateneo
Algo raro: estaban en Florida, eran como las once de la noche, se oyó sonar el timbre del teléfono del  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>.  <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/bibir-afuera.gif"><img class="aligncenter size-full wp-image-819" title="bibir afuera" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/bibir-afuera.gif" alt="" width="315" height="445" /></a> VIVIR  AFUERA .-  Ed.  El Ateneo</strong></p>
<p>Algo raro: estaban en Florida, eran como las once de la noche, se oyó sonar el timbre del teléfono del mostrador, un empleado atendió y el cajero les hizo una señal: sostenía el receptor con la mano en alto indicando que querían hablar con ellos. Llamaba Bioy. Raro a esas horas. Él, antes de que empezaran a aparecer las chicas del instituto de pintura, solía despedirse diciendo: -Me voy a recoger… Y todos sabían que a las diez ya estaba durmiendo, o tendido en la cama, con los ojos cerrados y quietos y casi sin oír, pensando, o fantaseando: la mayoría de las noches fantaseando. Seguramente se armaba fantasías heroicas. Por ejemplo, esa en la que se imaginaba envuelto en su perramus blanco dirigiendo una acción de comandos en la Quinta Presidencial de Olivos. Desde el comedor del departamentito de un cuarto piso de avenida Maipú abrían fuego con una ametralladora 12.50 refrigerada por circulación de agua. La metralla intermitente y ruidosa barría la zona sudoeste de los jardines y las caballerizas tratando de concentrarse en el sector que en esa época llamaban “paseo de los coches”. Al minuto, desde la costa de Olivos, tres unidades de morteros emplazadas entre las casas de barrio bajo y los fondos baldíos de los recreos y campings de la avenida del Libertador bombardeaban a intervalos el sector este, la zona del jardín y el frente de la residencia principal. Alguna de las piezas estallaría directamente en los tejados. Otras, menos certeras, harían impacto entre los árboles, en las fuentes y en los chalets del personal, pero sus relampagueos y estruendos servirían para disuadir a cualquiera que intentase establecer una línea armada de defensa. Segundos después, los dos hombres infiltrados en la guardia ya habrían inutilizado la central eléctrica y las conexiones de emergencia y aprovecharían los intervalos programados del bombardeo y la metralla para bajar a guarecerse en el refugio subterráneo, confundiéndose allí con el personal de servicio y la tropa de seguridad que, a esa altura, ya estaría ganada por el pánico. Entonces, al cuarto minuto de la primera descarga, el camión tanque de la Shell superaría el portón enfilando hacia el frente de la residencia. El hombre empuja hacia el costado de los blindajes de la puerta derecha, y tras ellos, se deja caer accionando con su peso la cuerda fijada a los volantes del magneto que activará los explosivos. Lleva malla antibalas bajo el uniforme de bombero de la Policía de Buenos Aires. Se supone que el casco de fibra, las botas y la ropa de amianto y cuero amortiguarán el golpe contra el piso que corre a más de cuarenta kilómetros por hora y lo protegerán de los fragmentos de metralla y mampostería que han de estar arrasando esa parte del jardín y de los chorros de combustible ardiendo que la explosión de la cabina difundirá en un radio de cincuenta o sesenta metros. El hombre, aquel polista que rechazó la medalla olímpica como repudio al régimen, eligió esa misión jactándose de contar con ocho posibilidades en diez de sobrevivir y, de que si el objetivo de pánico buscado con las cargas de mortero y las ráfagas de ametralladora se cumplía cabalmente, tendría a su favor seis chances sobre diez de cubrir los pocos metros que lo separaban del cerco y ganar la avenida. Sólo después del estallido del camión, de la huida a salvo del chofer y de la diseminación del incendio que habría avanzado hacia la residencia, entraba el Pontiac blindado que lo conducía junto a sus hombres de confianza, vestidos con uniformes de comandos y armados con las granadas y las automáticas livianas elegidas para reducir a eventuales defensores y guardaespaldas y, una vez alcanzado el refugio subterráneo, abrirse paso hacia el búnker de Perón y donde terminarán con él de una vez por todas. Llevaban planos detallados de los accesos al refugio y al búnker. En caso de que la confusión impidiese identificar al hombre, las voces de mando largamente ensayadas y un manejo hábil de las sirenas portátiles y las linternas conseguirían que en menos de cinco minutos todos quedasen concentrados abajo, bien al alcance de los vapores de mostaza que empezarían a brotar de los bidones que los técnicos de la usina habían emplazado en el depósito de combustible y lubricantes contiguo al refugio. Los reactivos precipitarán entre el cuarto y el décimo minuto de los primeros estallidos. Para entonces, los comandos que habían infiltrado en la guardia se habrán sumado al grupo reforzando su avance hacia el jardín. De lo contrario, correrían la misma suerte que Perón y los quince o veinte boludos de su corte, que, muertos de miedo, estarían amontonándose en el refugio. Tiene aún fresca la imagen del cajero Rafael levantando el brazo derecho, el tubo negro del teléfono colgando de su mano como un péndulo, y el micrófono y el auricular apuntando hacia su mesa del bar Florida, que por entonces no estaba sobre Florida sino en Viamonte, casi llegando a San Martín, junto a la librería Verbum, frente a la librería Galatea, en la manzana que hacía cruz con la de la Universidad y los dos edificios de renta de las Ocampo. Tiene la sensación de que todos estaban como clavados en las sillas, de que fue el único que obedeció la señal de Rafael, y de que, con las piernas entumecidas y un molesto hormigueo a cada lado de los muslos, fue caminando hacia la caja mientras por los bordes de su campo visual el público del bar flotaba en el humo y se desplazaba como para librarse de esa luz amarilla y pegajosa que era un emblema del Florida: una suerte de marca de distinción que lo emparentaba al Queen Bess de Santa Fe y Suipacha. Tiene la sensación de que todo aquello apenas le llegaba un rumor vago como un magma de voces o de ecos de voces murmuradas simultáneamente en varias lenguas desconocidas. El trayecto de no más de seis metros hacia la caja debió haberse prolongado infinitamente. Una cabellera rubia, con ondulaciones artificiales y reflejos dorados a la moda, subió flotando hacia él: tras ella descubrió la imagen invertida de unos ojos azules que conocía, y después la nariz, la boca y el cuello de la mujer que se extendieron más allá del respaldo de la silla, en lo que debió ser una manera de saludarlo. Desde otra mesa, a su izquierda, la calva de un cuarentón giraba lentamente hacia él y recién se detuvo cuando el mentón superó el límite de su hombro derecho y ya ni el cuello obeso, ni su torso atrapado en la silla estrecha, permitieron esa mejor perspectiva que la voluntad del hombre habría estado buscando. Casi al mismo tiempo, alguien –quizás el mismo hombre- lanzó una espesa bocanada de humo de cigarro. A través de esa bruma azulina llegó a reconocer sobre la mesa un paquete de cigarrillos americanos sin sello fiscal, una Parker de baquelita, un block de papel de bocetar y la portada de una edición de La Pléiade, que –supone ahora-, debió ser un Racine. Por esa zona cercana a la barra del cajero el olor a habano se disipaba dando lugar a una atmósfera de mezclas de perfume de mujer, tabaco americano y cerveza. Pero nadie bebía cerveza en el Florida. Sobre el mostrador, en fila, brillaban esas bandejas de zinc, dispuestas con botellas de Martini, sifoncitos de medio litro, platillos de aceitunas, cubos de queso y rodajas descaradas de limón. El espejo detrás de la barra duplicaba esa imagen nublándola y distorsionándola. Siempre se dijo que los gallegos tendrían que cambiar el espejo. Por entonces ya estaba surcado por un trazo en zigzag del que partían unos meandros caprichosos, pruebas del resquebrajamiento de su fondo de papel azogado, en los puntos donde la descomposición del adhesivo le permitía librarse del cristal en busca de su estado originario: aquel rollo de papel envuelto alrededor de sí e intacto que alguna vez debió haber sido y que, en la intimidad de la materia, sus fibras intentaban recuperar. Rafael le pasó el tubo del teléfono, y –raro a esas horas- reconoció la voz de Bioy preguntando: -¿Qué…? ¿Todavía están ahí? -Sí –respondió inútilmente. -Bueno… -dijo la voz con desgano-. Debo avisarte que ya es tu hora de despertar. ¡La hora de despertar! Levantó el brazo izquierdo, se incorporó apoyándose sobre el codo derecho, y miró el reloj de la pared del dormitorio. Sentía las piernas entumecidas y un molesto hormigueo paralizándole los muslos. Eran las seis de la tarde y a las ocho tenía su primer encuentro con Leticia: debía afeitarse, ducharse, comer algo después de doce horas de sueño y vestirse para salir antes de las siete y llegar al lugar de la cita con alguno de los diarios de aquel domingo leído. Dicen que los sueños duran apenas un instante y que solamente se recuerdan los más cercanos al despertar. Pero aquel sueño del bar Florida debió durar varios minutos: aún hoy recuerda nítidamente la escena en su mesa, las caras del público de las otras mesas, cada una de las imágenes que se proyectaron durante su recorrido hacia la caja y los detalles del mostrador, el arreglo del espejo y las botellas, los colores o la luz de la época, y los aromas del Florida. Entre ellos, recuerda uno que conjugaba el olor de cierto componente de los vermuts americanos con el humo de los Chestefield sin filtro –también americanos- y el del pelo de mujer rubia recién lavado. No aquella tarde de domingo cuando lo soñó, sino ahora –hoy-, han de haber muerto todos los que aquella noche, rato después de la salida de las chicas del instituto de pintura, compartieron aquella mesa de su bar y allí quedaron, eternamente clavados en las sillas y en su memoria. Si escribiera sus nombres, los nombres de aquellos hombres y mujeres y los de las chicas y los muchachos de primer año de la universidad ya casi a punto de convertirse en mujeres y en hombres, nadie los reconocería, imaginándolos muñecos de papel armados con retazos de sueños que se recuerdan veinticinco años después. El sueño debió haberle ocurrido entre 1958 y 1959. Los sucesos del sueño –aquellas mesas y aquella gente petrificada alrededor- deben pertenecer a los años cincuenta y tres o cincuenta y cuatro. Su evocación del sueño se produjo anoche, al cabo de un encuentro de ex alumnos del Liceo. El relato del sueño se compuso esta misma mañana de 1996 mientras pensaba en la imagen –soñada- de aquellos cuerpos clavados en sus sillas preguntándose por qué volvían a representarse con tanta nitidez esos recuerdos de las luces. Volvía a ver aquella luz filtrada por pantallas de pergamino que rebotaba en superficies igualmente amarillas de barniz, tiñendo todo, proyectando sombras sobre partes de cuerpos, mitades de caras y espacios huecos de pura oscuridad cerca del piso. Evocando esa luz, se imagina capaz de narrar una historia encajada en el interior de… ¿De otra historia?, se preguntaba Wolff. No: dentro de sí. Justo en el centro de sí misma y no en un pedazo de otra historia que la contiene… En otra historia –pensaba Wolff- se traman casi todas las historias, por lo menos, desde Homero. En cambio, uno tendría que permitirse urdirlas dentro de sí, como aquella pelota representada en un Scientific American de los años ochenta… Wolff recordó el informe de un matemático que afirmaba que, contando con una pelota de material suficientemente flexible, y de extensión suficientemente grande –quizás grande como el planeta, o el universo mismo, eso no interesaba en el teorema que comentaba aquel informe- y plegándola sobre sí, o dentro de sí, tal como se dispone un par de medias antes del viaje, bastaría repetir la operación muchas veces –un número de veces que en el informe se expresaba con una potencia de ocho, ocho a la octava, o a la sexagésimo cuarta potencia- para acceder a un enésimo pliegue al cabo del cual, ante el supuesto observador, aparecería un sector de la cara interna de la pelota, tal como quien dio vuelta su guante derecho de esquí encuentra desde el primer pliegue un guante izquierdo afeado por las arrugas de una tela sintética con motas que, cuanto mejor imitaron la piel de un cordero, más restos de tabaco, cera de esquíes y bolitas de arena y tierra cementadas por el sudor son capaces de contener. Pero los guantes y las medias tienen una embocadura, en cambio las pelotas están cerradas sobre sí mismas… Igual que nosotros ahora, pensaba Wolff y por un momento volvió a dudar si había leído aquel informe en un Scientific American, o si lo había soñado en cada uno de sus detalles. Sólo el recuerdo de los diagramas que ilustraban las distintas etapas del plegado de una bola amarilla y concluían con la emergencia de una lengüeta de goma roja, de ese mismo color que representaba el interior de la pelota, indicaba que la paradoja descripta en ese comentado teorema de la topología no era parte de un sueño, aunque esa noche Wolff no descartaba que su recuerdo fuese el producto de restos de una lectura distraída cuyas lagunas e inconsistencias se fueron atenuando con el paso del tiempo, y, tal vez, con el agregado de fragmentos de otras lecturas, y hasta de imágenes de sueños por ellas provocadas. Esa noche, al cabo de un encuentro de ex alumnos, Wolff volvía convencido de que celebraban sus veinticinco años de egresados. Era una madrugada de noviembre, serían las dos y, a pesar de lo avanzado de la primera, la temperatura había caído de golpe. Al salir de la parte urbanizada de La Plata sintió frío y, mientras cruzaban el parque Pereyra en el auto de gobernación, debieron detenerse para revisar el manual con las instrucciones del sistema de calefacción. Aquel 505 conservaba el manual envuelto en una funda virgen de poliestireno, pero a bordo no había herramientas, linternas y ni siquiera un fósforo. Nunca llegó a saber si tendría rueda de auxilio, algo que debió haber verificado por la tarde, cuando salieron hacia la Base Naval. Tampoco sus acompañantes conocían los mandos de la calefacción, y a la luz de la llama de un encendedor de gas pasaron un rato de intentonas y esperas: ensayos y errores con diferentes combinaciones de palancas y llaves seguidas de tanteos en la oscuridad esperando verificar una corriente de aire cálido que nunca llegó a aparecer. Finalmente decidieron arrancar, acelerar y soportar, porque la espera y la creciente sensación de fracaso no resultaban más tolerables que el frío. Como para olvidar el frío, mientras aceleraba el Peugeot en la ruta vacía comentó: -¡Que boludez! ¡Ir a festejar veinticinco años de egresados para terminar muriéndose de frío en el camino de vuelta! Y entonces uno de atrás corrigió: -¡Que veinticinco! ¡Treinta y cinco, boludo! En efecto, habían pasado treinta y cinco años –era muy fácil cerrar la cuenta-, y todo el día y durante toda la comida había estado refiriéndose a los veinticinco años, pensando acerca del plazo de veinticinco años como cuarto de siglo y hasta imaginándose el mismo número veinticinco corporizado con tipografía flotante en la cúpula del cielo negro y, ahora, a través del parabrisas, el vacío helado de la ruta venía hacia él a ciento treinta kilómetros por hora para representar ese vacío de diez años en su memoria.</p>
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		<title>NATALIA MASSEI en Página/12.- Cuestión de Suerte.-</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 17:00:18 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[.   NATALIA  MASSEI.-  Contratapa de ROSARIO/12,
CUESTIÓN  DE  SUERTE.-
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-2010-09-01.html
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>. <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/contrat.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-814" title="contrat" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/contrat.jpg" alt="" width="333" height="222" /></a>  NATALIA  MASSEI.-  Contratapa de ROSARIO/12</strong>,</p>
<p><strong>CUESTIÓN  DE  SUERTE.-<br />
</strong><a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-2010-09-01.html"><strong>http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-2010-09-01.html</strong></a></p>
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		<title>CONCURSO en URUGUAY.-</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 12:50:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[taller]]></category>

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		<description><![CDATA[.   3er. Concurso Internacional de Poesía y Cuento
      “30 Años del Diario HOY CANELONES”
-         Podrán participar poetas y narradores del país y del extranjero.
-         Las obras  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>.  <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/uruguay-mapa.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-810" title="uruguay mapa" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/uruguay-mapa.jpg" alt="" width="880" height="996" /></a> 3er. Concurso Internacional de Poesía y Cuento</strong></p>
<p><strong>      “30 Años del Diario HOY CANELONES”</strong></p>
<p>-         <strong>Podrán participar poetas y narradores del país y del extranjero.</strong></p>
<p>-         <strong>Las obras deberán estar escritas en idioma español, ser inéditas y firmadas con seudónimo.</strong></p>
<p>-         <strong>El tema será libre.  Cada autor podrá presentar una sola obra: poesía o cuento.  Con una extensión máxima de 50 versos (poesía) y de tres carillas (cuento).</strong></p>
<p>-         <strong>Se enviarán por triplicado, escritas a máquina o computadora, a doble espacio, en hojas tamaño carta o A 4.</strong></p>
<p>-         <strong>Junto con las obras se adjuntará un sobre más pequeño (plica) en cuyo anverso constará el seudónimo, el género y título de la obra.  En su interior, una hoja con los datos personales: seudónimo, título de la obra, nombre y dirección, código postal, documento de identidad, teléfono fax o e-mail.</strong></p>
<p>-         <strong>Se otorgarán tres Premios para cada género.  Primer Premio: Plaqueta y Diploma.  Segundo Premio: Medalla y Diploma.  Tercer Premio: Medalla y Diploma.  El Jurado podrá adjudicar hasta seis Menciones en cada género a las cuales se les otorgará Diplomas.</strong></p>
<p>-         <strong>La Dirección</strong><strong> del Diario designará el Jurado que deberá integrarse con tres personalidades de las letras uruguayas.</strong></p>
<p>-         <strong>La fecha de cierre del Concurso se ha establecido para el 31 de mayo de 2011.  El Jurado se expedirá en el mes de julio.</strong></p>
<p>-         <strong>La entrega de Premios se hará en la ciudad de Canelones en fecha que se comunicará oportunamente.</strong></p>
<p>-         <strong>Los trabajos deberán ser remitidos a:   Concurso Literario Internacional “30 Años del Diario HOY CANELONES”, Tomás Berreta 207,  90.000   CANELONES, URUGUAY.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Fogwill, mi padre.</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Aug 2010 22:10:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>taller</dc:creator>
				<category><![CDATA[taller]]></category>
		<category><![CDATA[Fogwill.]]></category>

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		<description><![CDATA[Adiós al punk
Empezó a publicar a los 38 años, pero de un modo arrollador: parte de la generación vanguardista, bohemia y lacaniana de fines de  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p>Adiós al punk</p>
<p>Empezó a publicar a los 38 años, pero de un modo arrollador: parte de la generación vanguardista, bohemia y lacaniana de fines de los ’60, era un publicista exitoso en plena dictadura cuando ganó el Premio Coca-Cola con Mis muertos punk (1979) y empezó un nuevo capítulo en la narrativa argentina. Sus libros de cuentos (Música japonesa, Ejércitos imaginarios, Pájaros de la cabeza, Restos diurnos) entendieron como pocos la vida cotidiana bajo la dictadura y la transición democrática. Los pichiciegos (1982), escrita durante la guerra, se cuenta entre las mejores novelas bélicas del siglo. Sus artículos periodísticos envolvían en provocación un desafío lúcido a los lugares comunes del pensamiento. Sus poemas lo mostraban inquisitivo ante el extrañamiento de la vida. Y sus novelas, sobre todo las publicadas a partir de Vivir afuera (1998), como un bisturí sociológico de la Argentina. Además, su editorial La Tierra Baldía alentó a los poetas y escritores más radicales de su época. Pero siempre su obra y su mirada estuvieron puestos en rasgar el complejo velo de palabras que cubre ese lugar en el que vivimos y que llamamos realidad. La semana pasada, Rodolfo Enrique Fogwill, el escritor que quiso convertir su nombre no sólo en adjetivo sino también en marca, murió a los 69 años. Radar lo despide a través de amigos, escritores y lectores de la obra que dejó.</p>
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<p>E-Mail de su amigo</p>
<p>Su nombre</p>
<p>Su E-Mail</p>
<p>La muerte según Fogwill</p>
<p>Por Vera Fogwill</p>
<p>Cuando casi adolescente empecé a escribir, nada casualmente Fogwill se quitó el Rodolfo Enrique y el Quique y pasó a ser, no sé cómo, sólo Fogwill para todos, incluso para mí. Una manera egocéntrica de saber que todo le pertenecía a él. Incluso los Fogwilles de Devon en su sangre y toda raza o estirpe menor que le sucediera. A mí me queda pensar si podré seguir siendo Fogwill, más allá del absurdo título de condesa que heredé. Si debo firmar simplemente así, como hubiese querido él, o debo cambiarme el nombre definitivamente por el seudónimo literario con el que desde hace años escribo.</p>
<p>Ser la hija de Fogwill es como el poema que escribí el otro día sobre Borges que titulé “Las pobres hijas de Borges”, en alusión a lo que no tuvo y a lo que, si hubiera tenido –una hija que escriba–, le habríamos dicho todos: “Pobre hija de&#8230;”. Es intentar ser actor siendo hijo de Vittorio Gassman, intentar hacer cine siendo hijo de Ozu, intentar ser meditativo siendo el hijo de Osho, intentar ser persona siendo el hijo de un animal.</p>
<p>“Escribo para no ser escrito”, se limitaba a decir siempre él. ¿Y ahora qué carajo hago, papá? ¿Escribo para que no seas escrito o dejo de escribir? Me quedo impregnada de las palabras que me envió Teresa Lamborghini, otra pobre hija de, al día siguiente del funeral de mi padre, que fue casualmente pocos meses después que el de su padre y en el mismo lugar. “Fui a saludarte, Vera&#8230; a verme supongo&#8230; Tensiones que ni llorar podés&#8230; Entre los hermanos, las actuales, las ex que llegado el momento no quieren perder actualidad, las que iban a ser o creyeron ser o quisieran ser y al revés&#8230; Que si se lo crema al muerto, que si se lo entierra, que si se lo atendió debidamente, que&#8230; Esto es sólo el comienzo, te dije con un abrazo fuerte con el que de paso me abracé, cosa que no había tenido tiempo de hacer desde noviembre, cuando yo estaba ahí adonde ahora estás. Sigue que empiezan a reescribir, adelante nuestro, ahí, ‘cosas’ que uno sabe que ni remotamente fueron como se las está relatando&#8230; Y ahora tantos escribirán.”</p>
<p>Sólo puedo escribir estas líneas a pedido de mi íntimo y querido amigo Martín Pérez, y lo hago en breves minutos, en medio de la noche, casi sin detenerme a pensar. Cuando salí del quirófano, en mi parto, antes de que me den a mi hijo, pese a tener prohibido aparecer, él ya había logrado inmiscuirse e invadido mi habitación del sanatorio a media noche. Ya había llamado a todo el mundo para contarles y me esperaba allí, creo que fumando. Yo quería asesinarlo, pero tanto amor me lo impidió. No puedo dejar de oír sus comentarios a su nieto cuando volvían de la plaza: “Ni una mina, una pálida, todas viejas chotas de veinte con culos gordos, ¿no, Aki? ¿No hay otra plaza por acá?”.Mi padre para mí, como padre, fue un gran escritor. No se lo podía molestar, no se le podía quitar minutos a su silencio ni a su pensamiento. Su mejor novela es su vida, una vida más impactante que cualquier escrito que hayan podido encontrar o leer de él y/o sobre él. La mejor literatura la hizo en las noches arrullándome para dormir, jamás –mientras me tocaba estar con él– me dormí sin un cuento de mi padre, jamás. Hasta de grande era capaz de meterse en mi cama a contarme un cuento, pese a que yo, dormida, me sobresaltaba y le decía: “¡Papá, ya estoy grande para cuentos!”, “¿Papá, estás drogado?”, “¡Papá, soy tu hija!, ¡Papá!”.</p>
<p>Debo confesar que no creo en la muerte, en la única muerte que creo es en la mía. Ahí dejarán de existir todos, los que están y los que no están, porque viven en mí. De beba me llevaba en moto, y caminaba poniéndome adentro de una bolsa de mercado. Mi cabecita salía por esa hamaca ya desorbitada. Mi padre durante mi infancia no me llevó a Disney, a pesar de tener colecciones de autos antiguos, excéntricos y barcos y mucha plata, o guitas, como decía o dice él. Me llevaba a la pensión donde vivía su amigo Leonardo Favio y me hacía practicar y tocar frente a ellos en la guitarra milongas y gavotas. En sus años brasileños me llevaba de visita a lo de su amigo Caetano Veloso y lo observaba componer tristes canciones. En sus años de barco me hacía vivir solos en alta mar. Una vez mi abuela me llevó a verlo a Londres, donde estaba viviendo. Yo no entendía por qué no llevábamos equipaje, ni tomábamos aviones. Londres era finalmente la cárcel. Allí lo visitaba. Y él no tenía problema en presentarme a un asesino que había matado a su mujer por rompe-pelotas. Y me explicaba que por fin allí escribía en paz, sin chicos hinchando las bolas, tráiganme puchos.</p>
<p>Mi padre era de esos que te enseñan y te obligan a dar el asiento a los mayores, pero se queda cómodamente sentado mientras lo hacés vos. Pero también era de los que llegaban cargados de chocolates para entregar al colegio en plena época de Malvinas. Creo que fue esa sola vez a mi colegio, porque nunca lo vi en los actos. Tenía once años y mi mayor preocupación era pensar cómo podía pagar todas las deudas, éramos nuevamente muy pobres. Un abogado me explicó que las deudas no se heredaban, pero se equivocó. Se hereda otra cosa: la herencia es la vivencia. Llego a lo de mi viejo, está cagado a palos, viene un cana a llevarse la tele, la puerta abierta siempre, me mira y se la lleva igual. Fogwill parecía un monstruo, estaba desfigurado, pero estaba bien, no había pasado nada, nena. Me levantaba en la mañana y mi padre siempre me dejaba una nota al pie de mi diario íntimo. Lo había estado chusmeando a fondo. Analizaba mis textos sobre pijamas parties como textos de Proust. Me explicaba por qué estaba bien o mal escrito. Yo sólo tenía escrito “me gustan Los Parchís”, o “mi amiga Viole es lo más”. Sin embargo, él precisaba saberlo todo. Todo lo que yo hacía era genial, siempre fue un fan mío, por no decir suyo.</p>
<p>No me enseñó a manejar. Las minas no pueden manejar, por eso le robó el Citroën a mi vieja. Cuando no puedo dormir, nada mejor que escuchar el tipeo de una máquina de escribir IBM. Traía a genios como Laiseca para que compartamos el mate, prefería llevarme a geriátricos a ver tíos abuelos moribundos, prefería llevarme a velorios a ver amigos ya muertos, prefería llevarme al bar La Paz a escuchar sobre los que se habían ido hasta la hora que llegaba la revista Billiken, que siempre me compraba antes de irme a dormir a la madrugada.</p>
<p>Finalmente, luego de haberme explicado toda su vida qué era la muerte, la muerte de las creencias de cualquiera que sea que uno tenga, de cualquier sueño que uno quiera, de cualquier cosa que uno vea, me la mostró. Cuando una semana antes me dieron sus cosas en el hospital, elegí un libro de los que tenía con él. Era una novela de Elvio Gandolfo: Cuando Lidia vivía, se quería morir. La abrí al azar y decía algo así como “el padre se despide de la hija muerta”. La cerré aterrada. Mi papá me estaba avisando que él no se moría ahora, que me moría yo. Luego de tener una semana para digerir esto y más, pude estar ahí toda esa última noche y darle la mano y ver cómo era todo eso de lo que de alguna manera me había estado hablando toda su vida. La muerte de a poco de cada parte de su cuerpo, el fallo de un órgano, la defunción de un miembro inferior, superior, la presión que se va, el latido que se apaga, así como en una cátedra de vida. Sin dolor. Ver eso, vivir eso, me posiciona en otra parte. Nacer es bello, morir lo es también. Sobre todo cuando la persona que muere lo sabía y, más que eso, lo decidía. Sobre todo cuando esa persona vivió y muy pocos lo hacen; vivir es ser, y él fue quien quiso. No todos lo logramos, no todos podemos traspasar la barrera moral y reírnos. Ahora es sólo parte de mí y no Partes del todo, como titulaba él uno de sus tantos libros. Ahora si me remito a su “Sentimiento de sí”, aquel poema magnífico que me dedicó sólo a mí: “Padres: metros maestros de palabras, restos de lo legado y lo perdido, poderes, patrias, potestades, nada&#8230;” Y en el que me puso a mano en la primera hoja: “Gracias por tu silencio”. Aquel silencio que prometí tener y que cumplí.</p>
<p>No puedo dejar de pensar en que se fue literariamente haciendo referencia a Piglia, con su respiración artificial. Era muy chica, se publica Help a él y le había puesto Vera a un personaje y Vera era una puta&#8230; Y esa puta soy yo, la diferencia es que en ese entonces ni siquiera sabía lo que era coger. Poco entendía de la referencia sonora a “El Aleph”, y el juego con el nombre de Beatriz Viterbo para Vera Ortiz Bety. Yo cursaba tercer grado y le pregunté, llorando: “¿Por qué le pusiste Vera a una puta que te cogés y te mea? ¡Por favor, no se lo regales a mi maestra, papi!”. En ese entonces no había Veras, así que esa Vera para la nena que era entonces sólo podía ser yo. El sólo me contestó otra cosa: “Vera es la verdad, estar cerca de ella, en la orilla. Eugenia, tu segundo nombre, es el origen de la génesis del gen, del genio”, que me dio origen, y estaba hablando de él, claro. Y agregó: “Fog-will es y será siempre estar entre la niebla, tinieblas, o mejor aún: el deseo de ellas”. Pero se parece más sonoramente al fuck.</p>
<p>Cuando falleció, que es sólo ya un decir, o una obra más suya, subí a mi auto estacionado en la puerta del hospital. Estaba con el amor de mi vida, a quien mi padre adoraba y en la radio empezaba a sonar “No me importa morir”, ¿de quién?, de El Otro Yo. Con Suomi nos miramos. Mi papá me trabó la puerta. El no lo vio, yo sí. Es que soy yo!, yo!, yo!, como dice aún su contestador. Yo.</p>
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		<title>ODA.-  Fabián Casas .-</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Aug 2010 20:51:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[      .                   Oda
 
 
¿Quién consigue expresar sus emociones
en una simple conversación?
¿Qué preguntas hacemos
para que nadie nos responda?
Lo cierto es que el taxista
equivocó el camino. Y es tarde.
Por  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>      . <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/08/Fabian_casas.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-802" title="Fabian_casas" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/08/Fabian_casas.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a>                  Oda</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>¿Quién consigue expresar sus emociones</p>
<p>en una simple conversación?</p>
<p>¿Qué preguntas hacemos</p>
<p>para que nadie nos responda?</p>
<p>Lo cierto es que el taxista</p>
<p>equivocó el camino. Y es tarde.</p>
<p>Por eso pienso en el mirador,</p>
<p>el banco apoyado contra las rejas</p>
<p>desde donde vi pasar,</p>
<p>infinidad de veces,</p>
<p>al tren del Oeste.</p>
<p>De noche, la luna se refleja</p>
<p>en las vías y las luces de señalización</p>
<p>parecen brasas de cigarrillo.</p>
<p>No viene el tren del Oeste.</p>
<p>No vibran las paredes de la casa</p>
<p>donde vivimos el eterno retorno</p>
<p>de los ciclos del amor.</p>
<p>(Qué estarás haciendo a esta hora,</p>
<p>andina y dulce Rita</p>
<p>de junco y capulí.</p>
<p>Mientras me asfixia el cansancio</p>
<p>y los tranquilizantes flotan</p>
<p>como flojo cognac</p>
<p>dentro de mí).</p>
<p>El hombre de campo mira pasar el río.</p>
<p>El hombre de ciudad mira pasar el tren.</p>
<p>Ambos reflexionan sobre el pequeño mecanismo</p>
<p>de los acontecimientos.</p>
<p>Pero yo no…</p>
<p>Yo estoy cansado de este mundo nuevo.</p>
<p>A veces, en la noche,</p>
<p>el ruido metalúrgico</p>
<p>de los talleres literarios</p>
<p>no me deja dormir.</p>
<p>Para tranquilizarme, me digo:</p>
<p>“Soy mi padre y mi hermano,</p>
<p>nací de pie, al final de la última era nupcial;</p>
<p>contemporáneo del Gran Jugador”.</p>
<p>Pero tus preguntas vuelven</p>
<p>una y otra vez:</p>
<p>¿Nuestro amor llegó a ser tan necesario</p>
<p>como el agujero de una olla?</p>
<p>¿No debimos aislarlo de la paideia berreta</p>
<p>que crece en los gimnasios?</p>
<p>Fue como salir de la pieza apagando la luz.</p>
<p>Mientras en un rincón se acumulaban</p>
<p>los programas y los tickets</p>
<p>de todos los lugares donde fuimos.</p>
<p>Vibra la tierra. Pasa el tren del Oeste.</p>
<p>Y lo que vemos brillar a lo lejos</p>
<p>es la bisagra de acero</p>
<p>que nos separa de los jóvenes</p>
<p>para siempre.</p>
<p>                                                <strong>FABIÁN  CASAS</strong></p>
<p>nació en Bs. As. en 1965</p>
<p><strong>Del libro homónimo, Ed. Mansalva</strong></p>
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		<title>EL PORTADOR.- Primeras notas críticas.-</title>
		<link>http://www.nuestrotaller.com.ar/?p=796</link>
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		<pubDate>Sun, 29 Aug 2010 21:42:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[taller]]></category>

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		<description><![CDATA[.   El Portador
 Ed. Homo Sapiens, 2010
 Primeras Notas Críticas
sobre la novela de   MARCELO  SCALONA.-
 
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212; 
Por  ROBERTO RETAMOSO
 &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;
 
 
El género: en un primer momento, la lectura puede llevarnos a suponer  &#8230;]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><br /><p><strong>. <a href="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/08/EL-PORTADOR-tapa.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-797" title="EL PORTADOR tapa" src="http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2010/08/EL-PORTADOR-tapa.jpg" alt="" width="643" height="877" /></a>  El Portador</strong></p>
<p><strong> </strong><strong><em>Ed. Homo Sapiens, 2010</em></strong><strong><em></em></strong></p>
<p><strong> </strong>Primeras Notas Críticas</p>
<p>sobre la novela de   <strong>MARCELO  SCALONA</strong>.-</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212; </strong></p>
<p><strong>Por  <em>ROBERTO</em> <em>RETAMOSO</em></strong></p>
<p><strong> &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>El género:</strong> en un primer momento, la lectura puede llevarnos a suponer que estamos frente a un relato policial. Hay una serie de elementos que permiten esa lectura: hay un delincuente preso, un abogado defensor, un submundo delictual y anómico.</p>
<p>Más aún: el abogado, que no es un detective -es más bien un protagonista-, se involucra en la historia como los detectives de las novelas negras: una especie de Marlowe vernáculo.</p>
<p>Así, en un primer momento el relato recuerda las novelas de Chandler, o de Hammett, donde lo delictivo no es más que la manifestación, cuasi fenoménica, de la esencia social, caracterizada por la inmoralidad, la corrupción y la injusticia del sistema social capitalista.</p>
<p>Pero pronto advertimos que el texto excede y desborda las formas canónicas del policial negro: cobra tintes de fantástico, de relato futurista, de profecía, de ficción poética.</p>
<p>De ese modo, se pone en cuestión el realismo propio de todo policial, particularmente el negro. Se podría hablar quizás de un hiperrealismo, del mismo modo que se puede hablar de un surrealismo: las dimensiones donde las representaciones de lo real convencional son superadas por las representaciones de lo real no visible o fantasmático (surrealismo) o lo real amplificado microscópicamente (hiperrealismo).</p>
<p>También hay una realidad absolutamente imaginaria, fantasiosa (en el sentido psicoanalítico del término) que proyecta la subjetividad del narrador sobre el mundo representado.</p>
<p>Ni puro realismo ni puro fantástico: mezcla de géneros y mezcla de referentes, lo real está presupuesto y está postulado a la vez por el relato.</p>
<p><strong>El narrador: </strong>es un narrador que participa de la historia, pero no como testigo sino como personaje. Todo el relato se focaliza en su punto de vista, y por momentos parece un gran monólogo interior.</p>
<p>En simultáneo, nos habla de los hechos que protagoniza y de su propio ser. Se trata de un personaje onettiano, o arltiano: un típico perdedor, un desclasado. Alguien que huye de su clase, de su familia, un perpetuo escapador que saltos adelante hacia la nada. Más que buscar, lo que hace es fugarse.</p>
<p>Abogado humanista y literato, que encuentra en la literatura la confirmación de que la belleza del mundo no es más que la belleza de la muerte. Lee, ha leído, para confirmar en la literatura su visión amarga y escéptica del mundo.</p>
<p>Como escritor, practica la metaficción: puede ponerse por encima o por fuera del relato, ver desde otro lugar su trabajo y su escritura.</p>
<p>Como los personajes de Arlt, encuentra en la degradación un particular placer, un goce. Por eso participa de hechos abominables o inmorales, porque también, como los personajes de Arlt, ansía la redención por el amor que siempre parece estar más allá de sus alcances.</p>
<p><strong>La narración: </strong>la narración cuenta una historia impactante, la de su encuentro con un preso que es la encarnación misma de todas las potencias maléficas. Hay una suerte de fascinación que ejerce el preso sobre el narrador, construido como un personaje donde los rasgos infantiles recubren un alma férreamente amoral, una suerte de contenido nietzscheano que se proyecta sobre el mundo de manera implacable.</p>
<p>Preso y abogado serán entonces aliados en una lucha absurda y demencial contra los poderes que gobiernan al mundo, rodeados por un conjunto de personajes que evocan por más de una razón a Los Siete Locos, particularmente por una: su voluntad de provocar una revolución que antes que apuntar a la sustitución de un orden social por otro, apunta a la pura destrucción, a una suerte de anarquía negra (o negativa) que simplemente persigue la subversión de las relaciones y normas que rigen la sociabilidad convencional.</p>
<p>En este sentido, la narración pasa por múltiples registros formales y genéricos: tiene el ritmo y la intensidad fáctica de un relato policial, pero también tiene las formas de los relatos futuristas y fantásticos, e incluso tiene momentos de una épica singular, cuando las multitudes azuzadas por Furlet salen a destruir Buenos Aires. Pero es una épica trágica y pesimista, porque a diferencia de las antiguas epopeyas no concluye con el triunfo de los héroes -podría decirse en ese sentido que ni siquiera hay héroes- sino con una devastación generalizada donde impera solamente la muerte. Un genuino Apocalipsis en clave de parodia.</p>
<p><strong>El lenguaje</strong>: en este registro el realismo se desborda hacia un hiperrealismo o un surrealismo narrativo. El lenguaje del narrador es crudo, coloquial, y guarda giros muy rosarinos.</p>
<p>Pero ese lenguaje permite también el despliegue de enunciados poéticos, de carácter sintético y duro, como por ejemplo cuando relata las experiencias eróticas del narrador, o ciertas visiones del  mundo, por ejemplo del paisaje entrerriano. Diríase que puede leerse, en tal sentido, como un tributo novelístico a la poesía de Ortiz o de Mastronardi.</p>
<p>El lenguaje es así un lenguaje de escritor. De un escritor situado históricamente, que se apropia de una tradición citada por momentos: Pizarnik, Onetti, Vallejo, Juan L., y hace de esa tradición el magma denso donde encuentra y elabora su propio lenguaje.</p>
<p><strong>El sentido</strong>: <em>El Portador </em>es una ficción, y aún más, una fábula. Pero esa fábula, como tantas otras, es una manera de narrar el mundo real. La ficción se vuelve así representación alegórica de un real concreto: la Argentina de las últimas décadas, y los poderes reales que le dan forma y sustento.</p>
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